El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al dÃa siguiente bajó a la finca a ver a los caseros. Quizá fuese buena gente con la que podrÃa distraerse. Encontró a una mujer, alta y tétrica como un ciprés, cargada de luto: un gran pañuelo teñido de negro, tapándole gran parte de la frente, le daba aspecto de sepulturero; y su voz quejumbrosa tenÃa una tristeza de campanas tocando a difuntos. El marido le pareció todavÃa peor, semejante a un orangután, con dos orejas enormes muy despegadas del cráneo, un mentón brutalmente protuberante, las encÃas sin color, un cuerpo descoyuntado de tÃsico, con el pecho metido para dentro. Se fue rápidamente a ver la huerta: estaba muy descuidada; las callecitas estaban invadidas por una abundante hierba; y la sombra de los árboles, muy juntos en un terreno bajo rodeado por muros altos, daba sensación de tristeza.
PreferÃa pasar los dÃas metida en el caserón; dÃas inacabables en los que las horas se iban moviendo con la fastidiosa lentitud de un cortejo fúnebre.
Su habitación estaba en la fachada; y a través de las dos ventanas recibÃa la impresión triste del paisaje que se extendÃa enfrente, una ondulación monótona de tierras estériles con algún árbol raquÃtico aquà o allÃ, un aire sofocante por el que parecÃan errar constantemente las emanaciones de los pantanos cercanos y de depresiones húmedas y al que ni siquiera el sol de septiembre podÃa quitar su tono bochornoso.