El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Por la mañana ayudaba a levantarse a doña Josefa, la acomodaba en el canapé; después se sentaba a coser a su lado, como antes en la Rua da Misericórdia al lado de su madre; pero ahora, en vez de agradables paliques, recibía sólo el silencio intratable de la vieja y su ronquera incesante. Había pensado en mandar traer su piano de la ciudad; pero, apenas habló de ello, la vieja exclamó con acritud:
—Está loca, señorita… ¡No tengo salud para tocatas! ¡Vaya despropósito!
Tampoco Gertrudes le hacía compañía; los momentos en que no estaba con la vieja o en la cocina, desaparecía; precisamente era de aquella parroquia y pasaba el tiempo por los casales, hablando con las antiguas vecinas.