El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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La peor hora era el anochecer. Después de rezar su rosario se quedaba junto a la ventana mirando ensimismada las graduaciones de la luz crepuscular, todos los campos se perdían poco a poco en el mismo tono pardo; un silencio parecía descender, posarse sobre la tierra; después una primera estrellita chispeaba y brillaba; y ante ella, una masa inerte de sombra muda se alargaba hasta el horizonte, donde aún permanecía durante un momento una delgada tira de color naranja pálido. Su pensamiento, sin ningún tono de luz o perfil de objeto que lo atrayesen, se remontaba muy nostálgico, lejos, hasta A Vieira; a aquella hora su madre y las amigas regresaban del paseo por la playa; ya estaban todas las redes recogidas; entre los pajares las luces empezaban a encenderse; es la hora del té, de las alegres partidas de lotería, cuando los mozos de la ciudad van en grupos por las casas amigas, con una viola y una flauta, improvisando soirées. ¡Y ella allí, sola!

Había que acostar a la anciana, rezar con ella y con la Gertrudes el tercio. Encendían después el candil de latón, poniéndole delante una pantalla vieja para que el rostro de la enferma se mantuviese en la penumbra; y en toda la velada, que transcurría en un silencio lúgubre, apenas se oía el rumor del huso de la Gertrudes, que hilaba encogida en un rincón.


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