El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Antes de acostarse atrancaban todas las puertas por el continuo miedo a los ladrones; y entonces comenzaba para Amélia la hora de los terrores supersticiosos. No podÃa dormir al notar junto a ella la negrura de aquellas salas deshabitadas y, alrededor, el silencio tenebroso de los campos. OÃa ruidos inexplicables: era el entarimado del pasillo, que crepitaba bajo tanta pisada multiplicada; era la luz de la vela que de pronto se inclinaba como bajo un aliento invisible o lejano; por la parte de la cocina, la sorda caÃda de un objeto. Acumulaba entonces las oraciones, encogida bajo las sábanas; pero, si se adormecÃa, las visiones de pesadilla la mantenÃan en los terrores de la vigilia. Una vez se habÃa despertado de repente oyendo una voz que le decÃa, gimiendo tras la alta cabecera de la cama: «Amélia, prepárate, ¡ha llegado tu fin!». Despavorida, en camisa, atravesó la casa corriendo y fue a refugiarse en la cama de la Gertrudes.