El crimen del padre Amaro

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Pero la noche siguiente la voz sepulcral volvió cuando se estaba quedando dormida: «¡Amélia, acuérdate de tus pecados! ¡Prepárate, Amélia!». Dio un grito, se desmayó. Afortunadamente, la Gertrudes, que aún no se había acostado, corrió hacia aquel ¡ay! agudo que había cortado el silencio del caserón. La encontró en la cama tumbada al través, con los cabellos por fuera de la redecilla y arrastrando por el suelo, las manos heladas y como muertas. Bajó a despertar a la mujer del casero y estuvieron atareadas hasta la madrugada haciéndola revivir. Desde ese día, Gertrudes dormía a su lado. Y la voz no volvió a amenazarla desde detrás de la cabecera.

Pero ya ni de noche ni de día la abandonó la idea de la muerte y el pavor del infierno. Por ese tiempo, un vendedor ambulante de estampas pasó por A Ricoça; y doña Josefa le compró dos litografías: la Muerte del justo y la Muerte del pecador.

—Pues es bueno que cada uno tenga ante los ojos el ejemplo vivo —dijo ella.





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