El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al principio Amélia no dudó de que la vieja, que contaba con morir con la misma pompa de gloria con que lo hacía el «justo» de la estampa, le había querido enseñar a ella, a la «pecadora», la escena espeluznante que le esperaba. La odió por aquella bribonada. Pero su imaginación atormentada no tardó en dar otra explicación a la compra de la estampa: era Nuestra Señora quien había enviado hasta allí al vendedor de ilustraciones para enseñarle a lo vivo, en la litografía de la Muerte del pecador, el espectáculo de su agonía; y entonces tuvo la certeza de que todo sería de aquella manera, fragmento a fragmento; su ángel de la guardia que huía llorando; Dios Padre desviando su rostro con repugnancia; el esqueleto de la Muerte riéndose a carcajadas; y demonios de colores rutilantes, con un completo arsenal de instrumentos de tortura, apoderándose de ella, unos cogiéndola por las piernas, otros por los pelos, arrastrándola con aullidos de júbilo hacia la caverna llameante, estremecida por la tormenta de alaridos producidos por el dolor eterno… Y todavía podía ver, en lo profundo de los cielos, la gran balanza, con uno de los platos muy alto en el que sus oraciones no pesaban más que una pluma de canario, y el otro plato hundido, con las cuerdas tirantes, soportando el peso del catre de la casa del campanero y sus toneladas de pecado.