El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Cayó entonces en una melancolía histérica que la avejentaba; pasaba los días sucia y desarreglada, rechazando el cuidado de su cuerpo pecador, todo movimiento, todo esfuerzo le repugnaba; incluso le costaba rezar sus oraciones, como si las considerase inútiles; y había olvidado en el fondo de un arcón el ajuar que estaba cosiendo para su hijo…, porque lo odiaba, odiaba a aquel ser que ya sentía moverse en sus entrañas y que era la causa de su perdición. Lo odiaba más o menos igual que al otro, al párroco que se lo había hecho, al cura malvado que la había tentado, que la había arruinado, ¡que la había arrojado a las llamas del infierno! ¡Qué ira cuando pensaba en él! Estaba en Leiría tranquilo, comiendo bien, confesando a otras, tal vez enamorándolas… ¡y ella allí solita, con el vientre condenado y abarrotado por el pecado que él le había metido dentro, se iba hundiendo en su perdición sempiterna!
Probablemente esta excitación la habría matado si no fuese por el abad Ferrão, que había empezado a visitar regularmente a la hermana del amigo canónigo.