El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Tenía un solo defecto el abad Ferrão: ¡le gustaba cazar! Se reprimía porque la caza requería mucho tiempo y porque era sanguinario matar a un pobre pájaro que anda atareado por los campos en sus cuitas domésticas. Pero en las claras mañanas de invierno, cuando aún había rocío sobre las retamas, si veía pasar a un hombre, escopeta al hombro, el paso vivo, seguido por su perdiguero… sus ojos se iban con él. No obstante, algunas veces la tentación vencía: cogía furtivamente la escopeta, silbaba a Janota y con las faldas del chaquetón al viento, allá iba el teólogo ilustre, el espejo de piedad, a través de campos y valles… Y al poco tiempo… ¡pum… pum! ¡Una codorniz, una perdiz en tierra! Y el santo varón regresaba con la escopeta bajo el brazo, las dos aves en la alforja, pegándose a los muros, rezando su rosario a la Virgen y respondiendo a los buenos días de la gente que se encontraba en el camino, con los ojos bajos y el aire de un criminal.

El abad Ferrão, a pesar de su aspecto desaliñado y de su gran nariz, agradó a Amélia desde su primera visita a A Ricoça; y su simpatía aumentó cuando vio que doña Josefa lo recibía con escaso alborozo, a pesar del respeto que su hermano el canónigo tenía por la ciencia del abad.

La vieja, en efecto, después de haber charlado con él durante horas, lo había condenado con una única palabra y con su autoridad de vieja devota experta:


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