El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Es un relajado!
Ciertamente, no se habían entendido. El buen Ferrão, que había vivido tantos años en aquella parroquia de quinientas almas, todas las cuales, de madres a hijas, se acomodaban al molde de la devoción sencilla a Nuestro Señor, Nuestra Señora y san Vicente, patrono de la parroquia, con poca experiencia de la confesión, se encontraba de repente ante un alma complicada de devota de ciudad, de un beaterio bobo y atormentado; y al escuchar aquella extraordinaria lista de pecados mortales, murmuraba asombrado:
—Es extraño, es extraño…
Desde el principio se había dado cuenta de que estaba ante una de esas degeneraciones mórbidas del sentimiento religioso que la teología llama enfermedad de los escrúpulos y que afecta hoy a la generalidad de las almas católicas; pero después, ante ciertas revelaciones de la anciana, temió estar realmente en presencia de una maníaca peligrosa; e instintivamente, con el peculiar horror que los sacerdotes sienten hacia los locos, retrocedió en su silla.