El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡Pobre doña Josefa! Ya la primera noche en A Ricoça, le contaba ella, al empezar el rosario a Nuestra Señora se acordó de repente de que habÃa olvidado el refajo de franela roja que era tan eficaz para los dolores de piernas… Treinta y ocho veces seguidas habÃa reiniciado el rosario ¡y siempre el refajo rojo se interponÃa entre ella y Nuestra Señora!… Entonces habÃa desistido, exhausta, fatigada. E inmediatamente empezaron a dolerle vivamente las piernas y habÃa oÃdo algo, como una voz en su interior, diciéndole que Nuestra Señora, en venganza, estaba clavándole alfileres en las piernas…
El abad dio un respingo:
—¡Pero, señora!
—¡Ay, y eso no es todo, señor abad!
HabÃa otro pecado que la torturaba: a veces, cuando rezaba, notaba que le venÃa una expectoración; y teniendo aún el nombre de Dios o de la Virgen en la boca, tenÃa que esgarrar, últimamente engullÃa la flema, pero habÃa estado pensando que el nombre de Dios o de la Virgen le bajaba en el mismo embrollo hasta el estómago ¡y allà se mezclaba con sus heces! ¿Qué podÃa hacer?
El abad, con los ojos muy abiertos, se limpiaba el sudor de la frente.