El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero esto no era lo peor: lo más grave era que la noche anterior, estando ella muy tranquila, llena de virtud, rezándole a san Francisco Javier…, de repente, ni ella sabía cómo, ¡se había puesto a pensar en cómo sería san Francisco Javier desnudo!
El abad Ferrão no se movió, perplejo. Finalmente, viendo su mirada ansiosa en espera de sus palabras y de sus consejos, le dijo:
—¿Y hace mucho que siente esos terrores, esas dudas…?
—¡Desde siempre, señor abad, desde siempre!
—¿Y ha convivido con personas que, como usted, están sometidas a esas inquietudes?
—Todas las personas que conozco, docenas de amigas, todo el mundo… El enemigo no me escogió sólo a mí… Se lanza a todos…
—¿Y qué remedio le daba a esas angustias del alma?
—Ay, señor abad, aquellos santos de la ciudad, el señor párroco, el señor Silvério, el señor Guedes, todos, todos nos sacaban de apuros continuamente… Y con una habilidad, con una virtud…