El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El abad Ferrão permaneció callado por un momento; se sentÃa triste pensando que por todo el reino tantos centenares de sacerdotes guiaban asà al rebaño, por propia voluntad, en aquellas tinieblas del alma, manteniendo el mundo de los fieles en un terror abyecto del cielo, representándoles a Dios y a sus santos como una corte que no es mejor ni menos corrompida que la de CalÃgula y sus libertos.
Quiso entonces llevar a aquel nocturno cerebro de devota, poblado de fantasmagorÃas, una luz más elevada y más amplia. Le dijo que todas sus inquietudes provenÃan de su imaginación torturada por el miedo a ofender a Dios… Que el Señor no era un amo feroz y enfurecido, sino un padre indulgente y amigo… Que hay que servirle por amor, no por miedo… Que todos esos remordimientos, Nuestra Señora clavándole alfileres, el nombre de Dios cayéndole en el estómago, eran perturbaciones de la razón enferma. Le recomendó confianza en Dios, buen régimen para ganar fuerzas. Que no se fatigase con oraciones exageradas…
—Y cuando yo vuelva —dijo finalmente levantándose y despidiéndose— seguiremos hablando sobre esto y conseguiremos serenar esa alma.
—Gracias, señor abad —respondió la vieja secamente.