El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y cuando poco después entró Gertrudes trayéndole la botija para los pies, doña Josefa exclamó toda indignada, casi lloriqueando:
—¡Ay, no aprovecha nada, no aprovecha nada!… No me entiende… Es un tonto… ¡Es un masón, Gertrudes! Qué vergüenza en un sacerdote del Señor…
Desde ese día no volvió a revelarle al abad los pavorosos pecados que seguía cometiendo; y cuando él, por deber, quiso recomenzar la educación de su alma, la vieja le declaró sin rodeos que, como se confesaba con el señor padre Gusmão, no sabía si sería correcto recibir de otro la dirección moral…
El abad se puso colorado, contestó:
—Tiene razón, señora, tiene razón, hay que tener mucha delicadeza con estas cosas.
Se fue. Y de allí en adelante, después de entrar en su habitación para preguntarle por la salud, hablar del tiempo, de la estación, de las enfermedades que había, de alguna celebración eclesial, se despedía con prisa y se iba a la terraza a conversar con Amélia.