El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al verla siempre tan tristona se había interesado por ella; para Amélia las visitas del abad eran una distracción en aquella soledad de A Ricoça; de este modo se iban familiarizando, hasta el punto de que los días que él acostumbraba visitarlas, Amélia se ponía una manteleta e iba por el camino de Os Poiais a esperarlo junto a la casa del herrador. Las charlas del abad, conversador incansable, la entretenían, tan diferentes de los melindres de la Rua da Misericórdia, como si fuesen el espectáculo de un extenso valle con árboles, plantaciones, aguas, huertas y rumores de labranza; recreaba sus ojos habituados a cuatro paredes iluminadas por una claraboya de ciudad. Ferrão, en efecto, tenía una de esas conversaciones que aparecen en las revistas semanales de recreo, el Tesouro das Familias o las Leituras para Seroes, en las que hay de todo: doctrina moral, narraciones de viajes, anécdotas de grandes hombres, disertaciones sobre el cultivo de la tierra, una buena historia cómica, fragmentos sublimes de la vida de un santo, un verso aquí y otro allí e incluso recetas, como una muy útil que le dio a Amélia para lavar las prendas de franela sin que encogiesen. Sólo era aburrido cuando hablaba de sus parroquianos, de las bodas, bautizos, enfermedades, pleitos, o cuando empezaba con sus historias de caza.
—Una vez, mi querida señora, iba yo por la cañada de As Tristes cuando una bandada de perdices…