El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amélia sabía que, por lo menos durante una hora, no habría más que hazañas de Janota, punterías fabulosas contadas con mímica, con imitaciones de sonidos de pájaros y, pum, pum, de fusilería. O si no, describía cacerías salvajes que había leído con gula: la caza del tigre de Nepal, del león de Argelia y del elefante, historias feroces que llevaban lejos la imaginación de la muchacha, hacia los países exóticos donde la hierba es alta como los pinos, el sol quema como un hierro candente y en cada matorral brillan los ojos de una fiera… Y después, a propósito de tigres y de malayos, se acordaba de una historia curiosa de san Francisco Javier y ya estaba el terrible hablador lanzado a la descripción de los hechos de Asia, de las escuadras de la India y de las estocadas extraordinarias del cerco de Din.

Uno de aquellos días en la huerta, el abad, que había empezado por enumerar las ventajas que el canónigo obtendría de transformar la huerta en tierra de labranza, había acabado por hablarle de los peligros y del valor de los misioneros de la India y del Japón… Y Amélia entonces, en el momento más intenso de sus terrores nocturnos, le habló de los ruidos que oía en la casa y de los sobresaltos que le producían.

—¡Oh, qué vergüenza! —dijo el abad, riendo—, que una mujer de su edad le tenga miedo al coco…


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