El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Habían subido a la terraza hablando de esta manera, y Amélia se había sentado fatigada en uno de los bancos de piedra que allí había y se había quedado mirando la finca en la lejanía, los techos de las cuadras, la amplia calle de laureles, la era y los campos lejanos que se sucedían llanos y avivados por la humedad que les había dado la lluvia ligera de la mañana; ahora la tarde tenía una placidez clara, sin viento, con grandes nubes pardas que el sol poniente pintaba de animados colores rosados y tiernos… Pensaba en aquellas palabras tan sensatas del abad, en el descanso que disfrutaría si cada uno de los pecados que le pesaba en el alma como una piedra se volviese ligero y se disipase bajo la acción de la penitencia. Y le entraban deseos de paz, de un reposo igual a la quietud de los campos que se extendían ante ella.

Cantó un pájaro y después calló; y al poco tiempo volvió a cantar con un trino tan vibrante, tan alegre, que Amélia sonrió, escuchándolo.

—Es un ruiseñor.

—Los ruiseñores no cantan a esta hora —dijo el abad—. Es un mirlo… Ahí tiene usted uno que no tiene miedo de fantasmas, ni oye voces… ¡Mire qué entusiasmo, el muy pícaro!

Era, en efecto, un gorjear triunfante, un delirio de mirlo feliz que había transmitido, de pronto, una sonoridad festiva a toda la huerta.


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