El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Y Amélia ante aquel piar glorioso de un pájaro contento, súbitamente, sin razón, por una de esas sacudidas nerviosas que sobrevienen a las mujeres histéricas, se puso a llorar.

—Pero ¿qué es eso, qué es eso? —dijo el abad muy sorprendido. Le cogió la mano, con familiaridad de anciano y de amigo, consolándola.

—¡Qué desgraciada soy! —murmuró ella entre sollozos.

Entonces él, muy paternal:

—No tiene motivo para serlo… Sean cuales sean sus congojas, sus inquietudes, un alma cristiana siempre tiene a mano el consuelo… No hay pecado que Dios no perdone, ni dolor que no calme… acuérdese de eso… Lo que no debe hacer es guardar su pena para usted… Eso es lo que la angustia, lo que la hace llorar… Si yo puedo ayudarla, tranquilizarla, no tiene más que buscarme…

—¿Cuándo? —dijo ella, ya completamente deseosa de refugiarse en la protección de aquel hombre santo.

—Cuando quiera —dijo él riendo—. No tengo horario para consolar… La iglesia está siempre abierta, Dios está siempre presente…


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