El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al día siguiente, temprano, antes de la hora de levantarse de la vieja, Amélia se dirigió a casa del abad; y durante dos horas estuvo postrada ante el pequeño confesionario de madera de pino que el buen abad había pintado de azul oscuro con sus propias manos, con extraordinarias cabecitas de ángeles que en lugar de orejas tenían agarraderas, una obra de arte de la que hablaba con una íntima vanidad.