El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pues, señora, hasta otro día. Tenga la seguridad de que apareceré de vez en cuando. Y nada de quejas. Abrigadita, buena dieta, y la misericordia de Dios no ha de abandonarla…
—¡No deje de venir; señor párroco, no deje de venir!
Amélia le había extendido allí la mano, para despedirse en la habitación; pero Amaro, bromeando:
—Si no le causa molestia, señorita Amélia, sería bueno que me enseñase el camino, que yo me pierdo en este caserón.
Salieron. Y al llegar al salón, al que tres amplios ventanales daban todavía alguna claridad:
—La vieja te hace la vida negra, querida —dijo Amaro parándose.
—¿Qué otra cosa merezco? —respondió ella bajando los ojos.
—¡Desvergonzada, le voy a cantar las cuarenta!… Mi Améliazinha, si supieses lo que me ha costado…
Y mientras hablaba, intentaba abrazar su cuello.
Pero ella retrocedió, muy turbada.
—¿Qué es eso? —dijo Amaro sorprendido.
—¿Qué?
—¡Esos modales! ¿No quieres darme un beso, Amélia? ¿Te has vuelto loca?
Ella alzó las manos hacia él, en una súplica angustiada, hablando en un temblor: