El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Es un santo! —exclamó Gertrudes.

—Cierto, cierto —murmuró Amaro, descontento de aquel entusiasmo tan vivo—. Una persona muy virtuosa…

—Muy virtuosa —suspiró la anciana—. Pero… —Calló, sin atreverse a expresar sus reservas de devota. Y exclamó en tono de súplica—: Ay, señor párroco, es usted quien tenía que venir por aquí para ayudarme a llevar esta cruz de la enfermedad.

—Vendré, señora, vendré. Es bueno para distraerla traerle noticias… Y a propósito, ayer recibí carta de nuestro canónigo.

Rebuscó en el bolsillo, leyó algunos fragmentos de la carta. El profesor había tomado ya quince baños. La playa estaba llena de gente. Doña Maria había estado enferma, con un furúnculo. El tiempo, excelente. Todas las tardes paseaban para ver la recogida de las redes. La Sanjoaneira, bien, pero hablando siempre de la hija…

—Pobre mamá —lloriqueó Amélia.

Pero la vieja, gimiendo su rencor, no se interesaba por las novedades. Fue Amélia quien preguntó por los amigos de Leiría, por el señor padre Natário, por el señor padre Silvério…

Estaba oscureciendo; la Gertrudes había ido a preparar el candil. Amaro se levantó:


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