El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Gertrudes la animó. Pero señora, si hasta se ponía peor afligiéndose así… ¡Vaya disparate! Todo se arreglaría con la ayuda de Dios. Salud no iba a faltarle, ni alegría…

Amélia se había acercado a la ventana, sin duda para esconder las lágrimas que caían de sus ojos. Y el párroco, consternado por la escena, empezó a decir que doña Josefa no estaba soportando con verdadera resignación cristiana aquellos días de enfermedad…

Nada escandalizaba más a Nuestro Señor que ver a sus criaturas rebelarse contra los sufrimientos y las misiones que Él les enviaba… Era como insultar la justicia de sus designios.

—Tiene razón, señor párroco, tiene razón —murmuró la vieja, muy apenada—. A veces no sé ni lo que digo… Son cosas de la enfermedad.

—Bueno, bueno, señora, hay que resignarse y tratar de verlo todo de color de rosa. Es el sentimiento que más aprecia Dios. Yo comprendo que es duro, estar aquí enterrada…

—Es lo que dice el señor abad Ferrão —intervino Amélia, volviendo de la ventana—. La madrina extraña… Cambiar así las costumbres de tantos años…

Cuando notó la cita reiterada de las palabras del abad Ferrão, Amaro preguntó si solía ir a verlas.

—Ay, nos ha hecho mucha compañía —dijo Amélia—. Viene casi todos los días.


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