El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Él le estrechó la mano gravemente; y permanecieron en silencio, como si estuviesen separados por la distancia de un desierto. Ella no sacaba los ojos del suelo, enrollando con la mano temblorosa una punta de la manteleta de lana que llevaba sobre los hombros. Amaro la encontraba cambiada, un poco regordeta de mejillas, con una arruga en las comisuras de los labios que la avejentaba. Para romper aquel silencio extraño, le preguntó también si se iba adaptando.
—Voy tirando… Es un poco triste esto. Es lo que dice el señor abad Ferrão, es muy grande para que la gente pueda sentirse en familia.
—Nadie ha venido aquí a divertirse —dijo la vieja sin abrir los párpados, con una voz seca de la que había desaparecido toda la fatiga.
Amélia bajó la cabeza, poniéndose pálida.
Entonces Amaro, comprendiendo de pronto que la vieja atormentaba a Amélia dijo con mucha severidad:
—Es verdad, no han venido a divertirse… Pero tampoco han venido para entristecerse a propósito… Que una persona se ponga de mal humor y le haga la vida imposible a los demás es una horrible falta de caridad; no hay peor pecado a los ojos de Dios… Es indigna de la gracia de Dios la persona que hace eso…
La vieja empezó a lloriquear; muy alterada:
—Ay, lo que Dios me ha reservado para mis últimos años…