El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaro quiso saber en qué se entretenían, cómo pasaban los días en aquella soledad…

—Yo estoy aquí. La pequeña anda por ahí.

Tras cada palabra parecía abatida por la fatiga y su ronquera aumentaba.

—Entonces ¿no está contenta con el cambio, señora?

Ella dijo que no con un movimiento de cabeza.

—No haga caso, señor párroco —intervino la Gertrudes, que se había quedado de pie, al lado del canapé, disfrutando de la presencia del señor párroco—. No haga caso… Es que la señora también exagera… Se levanta todos los días, da su paseíto hasta la sala, come su alita de pollo… Aquí la tenemos, sanando… Es lo que dice el señor abad Ferrão, la salud huye a toda prisa y vuelve paso a paso.

Se abrió la puerta. Apareció Amélia, muy colorada, con su vieja robe de chambre de merino rojo, el cabello arreglado con prisa.

—Disculpe, señor párroco —balbució—, pero hoy ha sido día de mucho ajetreo.


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