El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Iba a dar palmas otra vez, ya irritado, cuando apareció Gertrudes.
—¡Oh, señor párroco! ¡Entre, señor párroco! ¡Por fin! ¡Señora, es el señor párroco! —gritaba alegre por ver de una vez una visita querida, un amigo de la ciudad, en aquel destierro de A Ricoça.
Lo llevó inmediatamente a la habitación de doña Josefa, al fondo de la casa, una habitación enorme donde la vieja, en un pequeño canapé perdido en un rincón, pasaba los días encogida en su chal, con los pies envueltos en una manta.
—¡Hola, doña Josefa! ¿Cómo está? ¿Cómo está?
Ella no pudo responder; presa de un acceso de tos producido por la conmoción de la visita.
—Ya ve, señor párroco —murmuró, muy débil—. Aquí estoy, arrastrando esta vejez. ¿Y Su Señoría? ¿Por qué no ha aparecido?
Amaro se disculpó vagamente con los quehaceres de la catedral. Y entendía ahora, al ver aquella cara amarilla y consumida, con una amedrentadora toca de encaje negro, qué tristes debían de transcurrir allí las horas para Amélia. Preguntó por ella; la había visto de lejos, pero a ella le había dado por escapar…
—Es que no estaba decente para que la viese —dijo la vieja—. Hoy ha sido día de limpieza.