El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡Por fin, después de aquellas semanas tan largas, iba a ver a su Améliazinha!
Y ya estaba excitado pensando en las exclamaciones apasionadas con que ella caería en sus brazos.
A ras del suelo estaban las caballerizas, construidas en tiempos de la familia hidalga que viviera allí otrora, abandonadas ahora a las ratas y al moho, que recibían la luz a través de estrechas ventanas enrejadas que casi desaparecían bajo las espesas telarañas; se entraba por un inmenso zaguán oscuro, donde se encastillaba en un rincón, desde hacía muchos años, una montaña de cubas vacías; y a la derecha estaba el tramo de escalinata noble que llevaba a las habitaciones, flanqueado por dos leoncitos de piedra benignos y somnolientos.
Amaro subió hasta un salón de techo de roble artesonado, sin muebles, con la mitad del suelo cubierto de judías secas.
Y, molesto, dio unas palmadas.
Se abrió una puerta. Amélia apareció durante un momento, despeinada y en enaguas; dio un gritito, cerró la puerta y el párroco la oyó huir hacia el interior del caserón. Se quedó muy triste en medio del salón, con su quitasol bajo el brazo, pensando en la confianza con que entraba en la Rua da Misericórdia, donde hasta parecía que las puertas se abrían solas y el papel de las paredes clareaba de alegría.