El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Es verdad, lo he visto hoy. Quedé pasmada… Y ya estoy informada de todo. Está de profesor de los hijos del señorito.
—¿Qué señorito?
—El señorito de Os Poiais… Si vive allÃ, o si va por la mañana o si viene por la noche, eso no lo sé. Lo que sé es que ha vuelto… Y elegante, de traje nuevo… He pensado que debÃa avisarlo, porque puede estar seguro de que, un dÃa u otro, da con la Améliazinha allá en A Ricoça… Está en el camino de la casa del señorito… ¿Qué le parece?
—¡Burro! —rezongó Amaro con rencor—. Aparece cuando no sirve. Entonces ¿no se fue al Brasil?
—Por lo que parece, no… Que lo que yo he visto no era su sombra, era él mismo en carne y hueso… Para más señas, al salir de la tienda de Fernandes, y hecho un figurÃn… SerÃa bueno avisar a la chica, señor párroco, no vaya a ser que la vea un dÃa asomada a la ventana.
Amaro le dio las dos monedas que ella esperaba y, al cuarto de hora, tras haberse desembarazado del coadjutor; estaba en el camino de A Ricoça.
Le latÃa con fuerza el corazón cuando avistó el caserón amarillo recién pintado, la amplia terraza lateral alineada junto al muro de la huerta, adornado a intervalos en su pretil con jarrones nobles de piedra.