El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero la larga caminata hasta la ciudad lo tranquilizó. ¡Aquello no era más que un arrebato de virtud y de remordimientos! Se había visto sola en aquel caserón, amargada por la vieja, impresionada por las grandes palabras del moralista Ferrão, lejos de él, y le había sobrevenido aquella reacción de devota con sus terrores del otro mundo y sus deseos de inocencia… ¡Pamplinas! Si él empezase a ir a A Ricoça, en una semana recobraba todo su poder… ¡Ah, la conocía bien! Bastaba con tocarla, guiñarle un ojo… y ya estaba rendida.
Sin embargo, pasó una noche inquieta, deseándola más que nunca. Y al día siguiente, a la una, salió para A Ricoça llevándole un ramo de rosas.
La anciana se puso muy contenta al verlo. ¡Es que le daba salud la presencia del señor párroco! Y si no fuese por la distancia, le pediría la caridad de que fuese a verla todas las mañanas. Después de aquella visitita, hasta rezaba con más fervor…
Amaro sonreía, distraído, con los ojos clavados en la puerta.
—¿Y la señorita Amélia? —preguntó, por fin.
—Ha salido… Sí, ahora todas las mañanas hace el paseíllo —dijo la vieja con acidez—. Va a la rectoral, está totalmente entregada al abad.