El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Ah! —dijo Amaro con una sonrisa descolorida—. Nueva devoción, ¿eh?… Es persona de mucho mérito el abad.
—¡Ay, no aprovecha, no aprovecha! —exclamó doña Josefa—. No me entiende. Tiene ideas muy raras. No da virtud…
—Un hombre de libros… —dijo Amaro.
Pero la vieja se había incorporado sobre el codo, y bajando la voz, con la flaca carita encendida por el odio:
—Y aquí entre nosotros, ¡Amélia se ha portado muy mal! No se lo perdonaré nunca… Se ha confesado con el señor abad… Es una descortesía, siendo confesada suya, no habiendo recibido de Su Señoría más que favores… ¡Es una ingrata y una traidora!
Amaro se había puesto pálido.
—¿Qué me dice usted?
—¡La verdad! Y ella no lo niega. ¡Hasta se enorgullece! Es una perdida, ¡es una perdida! Después del favor que le estamos haciendo…