El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro disimuló la indignación que lo sacudía. Incluso rió. No había que exagerar… No había ingratitud. Era una cuestión de fe. Si la chica pensaba que el abad podía dirigirla mejor, tenía razón en abrirse con él… Lo que todos querían era que ella salvase su alma… Que fuese bajo la dirección de fulano o mengano, eso no tenía importancia… Y en manos del abad estaba bien.
Y acercando de pronto su silla al lecho de la vieja:
—Entonces ¿ahora va todas las mañanas a la rectoral?
—Casi todas… No ha de tardar, va después del desayuno, vuelve siempre a esta hora… ¡Ay, cómo me ha disgustado con esto!
Amaro dio un paseíto nervioso por la habitación, y extendiendo su mano a la vieja:
—Bueno, señora, no puedo demorarme, he venido a escape… Hasta pronto.
Y sin escuchar a la anciana, que le pedía ansiosamente que se quedase a comer, bajó los peldaños de la escalera como una piedra que cae y tomó encolerizado el camino de la rectoral, todavía con su ramo en la mano.
Esperaba encontrar a Amélia en la carretera; y no tardó en avistarla casi al lado de la casa del herrero, inclinada junto al muro, recogiendo sentimentalmente florecillas silvestres.