El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¿Qué haces tú aquí? —exclamó acercándose a ella.

Amélia se incorporó, con un gritito.

—¿Qué haces tú aquí? —repitió.

Ante aquel «tú» y aquella voz colérica, ella se llevó rápidamente un dedo a la boca, asustada. El señor abad estaba en la casa con el herrero.

—Escucha —dijo Amaro con los ojos en fuego, cogiéndola por el brazo—, ¿te has confesado con el abad?

—¿Para qué quiere saberlo? Me he confesado, sí… No es ninguna vergüenza…

—Pero ¿has confesado todo, todo? —preguntó él, apretando los dientes con rabia.

Ella se puso nerviosa, tuteándolo otra vez:

—Fuiste tú quien me lo dijo muchas veces… ¡Que el mayor pecado del mundo era ocultarle algo al confesor!

—¡Descarada! —rugió Amaro.

Sus ojos la devoraban. Y a través de la niebla de ira que le llenaba el cerebro y le hacía palpitar las venas en las sienes, la encontraba más hermosa, ardía por abrazar aquellas redondeces de todo su cuerpo, quería morder hasta hacerlos sangrar aquellos labios rojos avivados por el generoso aire del campo.


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