El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¿Y era posible que ella, en seis o siete semanas, lo hubiese olvidado todo? ¿No le vendría, en aquellas largas noches de A Ricoça, sola en la cama, algún recuerdo de las mañanas pasadas en la habitación del tío Esguelhas?… Sin duda; él lo sabía por la experiencia de tantas confesadas que le habían hablado, apenadas, de la tentación muda y obstinada que no abandona la carne que una vez peco…
No; debía perseguiría y avivar en ella, por todos los medios, aquel deseo que ahora ardía en él más fuerte y más ruidoso.
Pasó la noche escribiéndole una carta de seis páginas, absurda, llena de imploraciones apasionadas, de argucias místicas, de signos de exclamación y de amenazas de suicidio…
Se la envió por la Dionísia al día siguiente, temprano. De noche llegó la respuesta por un muchachito de la finca. ¡Con qué avidez rasgó el sobre! Eran sólo estas palabras: «Le ruego que me deje en paz con mis pecados».