El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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No desistió; al día siguiente se fue a A Ricoça a visitar a la vieja. Amélia estaba en la habitación de doña Josefa cuando él entró. Se puso muy pálida; pero sus ojos no dejaron la labor durante la media hora que él permaneció allí, ora en un silencio sombrío y hundido en el fondo de la poltrona, ora respondiendo distraídamente al palique de la vieja, muy habladora aquella mañana.

Y la semana siguiente fue igual: si lo oía entrar se encerraba inmediatamente en su habitación; sólo iba si la vieja enviaba a Gertrudes a decirle «que estaba allí el señor párroco, que quería verla». Entonces iba, le daba la mano, que él hallaba siempre ardiente, y cogiendo su eterna costura, junto a la ventana, pespunteaba con una taciturnidad que exasperaba al cura.

Le había escrito otra carta. Ella no había contestado.

Entonces juraba no volver a A Ricoça, despreciarla…, pero después de haber pasado la noche dando vueltas en la cama, sin poder dormir, con la visión de su desnudez clavada intolerablemente en el cerebro, partía al amanecer, ruborizándose cuando el asentador de las obras de la carretera, que lo veía pasar todos los días, lo saludaba quitándose su visera de hule.

Una tarde que lloviznaba, al entrar en el caserón, se encontró con el abad Ferrão, que estaba en la puerta abriendo su paraguas.


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