El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro no entró en A Ricoça. Volvió a la ciudad, bajo la lluvia que ahora caÃa con fuerza. Y, tan pronto llegó a su casa, le escribió a Amélia una larga carta en la que le contaba la escena con el abad, atiborrándolo de acusaciones, sobre todo la de haber traicionado indirectamente el secreto de confesión. Igual que las otras, esta carta no obtuvo respuesta de A Ricoça.
Entonces Amaro empezó a creer que tanta resistencia no podÃa provenir solamente del arrepentimiento y del miedo al infierno… «Allà hay hombre», pensó. Y consumido por unos celos negros empezó a rondar de noche por A Ricoça; pero no vio nada; el caserón permanecÃa adormecido y apagado. Una vez, sin embargo, al aproximarse al muro de la huerta, percibió en el camino que baja desde Os Poiais una voz que canturreaba sentimentalmente el Vals de los dos mundos y una punta brillante de cigarrillo encendido que avanzaba en la oscuridad. Asustado, se refugió en una casucha en ruinas en el otro margen de la carretera. La voz calló; y Amaro, al acecho, vio entonces un bulto quieto que parecÃa envuelto en un chalmanta claro, contemplando las ventanas de A Ricoça. Un furor celoso se apoderó de Amaro e iba a saltar sobre el hombre cuando éste siguió tranquilamente a lo largo de la carretera, con el cigarro en alto, tarareando:
Ouves ao tonge retumbar na serra
o som do bronze que nos causa horror…