El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Algunas veces, queriendo irritar al abad, le mostraba a João Eduardo, dando palmadas en el hombro del muchacho, como un aficionado a su caballo favorito:

—¡Mire quién está aquí! Ya estuvo a punto de terminar con uno. Y aún ha de matar a dos o tres… Y si lo detienen, ¡yo lo salvaré de la horca!

—Eso no es difícil, señorito —decía el abad tomando tranquilamente su pulgarada—. Ya no hay horcas en Portugal.

Entonces el señorito se indignaba. ¿No había horcas? ¿Y por qué no? ¡Porque teníamos un gobierno libre y un rey constitucional! Que si se hiciese caso de la voluntad de los curas, ¡habría una horca en cada plaza y una hoguera en cada esquina!

—Dígame una cosa, señor Ferrão, ¿va usted a defender, aquí en mi casa, la Inquisición?

—Pero, señorito, yo ni siquiera he hablado de la Inquisición…

—¡No lo ha hecho por miedo! ¡Porque sabe perfectamente que le hundo una faca en el estómago!

Y todo esto a gritos y a saltos por la sala, levantando un vendaval con los faldones enormes de su robe de chambre amarilla.


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