El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Aquí lo traigo, ¡aquí lo traigo en triunfo! Viene a romperle la cara a toda la curería… ¡Y si hay costas que pagar, las pago yo!
Al jefe de estación no le pareció extraño, porque el señorito pasaba por loco en el distrito.
Fue allí, en Os Poiais, al día siguiente de su llegada, donde João Eduardo supo que Amélia y doña Josefa estaban en A Ricoça. Lo supo por el buen abad Ferrão, el único sacerdote con quien hablaba el señorito y al que recibía en su casa, no como cura, sino como caballero.
—Como caballero lo aprecio, señor Ferrão —solía decirle—, ¡pero como cura lo aborrezco!
Y el buen Ferrão sonreía, sabedor de que, bajo aquella ferocidad de impío obcecado, había un corazón santo, un padre de los pobres de la parroquia…
El señorito era también gran aficionado a los libros viejos, polemista incansable; a veces sostenían peleas tremendas sobre historia, botánica, sistemas de caza… Cuando el abad, en el fuego de la controversia, esgrimía alguna opinión contraria:
—¿Me dice usted eso como cura o como caballero? —exclamaba, envarándose, el señorito.
—Como caballero, señorito.
—Entonces acepto la objeción. Es sensata. Pero si la hubiese hecho como cura, le rompía los huesos.