El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En efecto, el señorito profesaba un odio obsesivo a los curas, hasta el punto de no leer en el periódico la noticia de un crimen sin afirmar —incluso cuando el culpable estaba ya sentenciado— que «en el fondo debÃa de haber en la historia una sotana». Se decÃa que este rencor provenÃa de los disgustos que le habÃa dado su primera mujer, célebre devota de Alcobaça. Apenas vio a João Eduardo en Lisboa y supo de su próxima marcha, se le ocurrió la idea de llevárselo a LeirÃa, instalarlo en Os Poiais y confiarle la enseñanza de las primeras letras a sus dos hijos, como si se tratase de un estridente insulto hecho a todo el clero diocesano. De hecho, imaginaba que João Eduardo era un impÃo; y esto convenÃa a su plan filosófico de educar a sus hijitos en «un ateÃsmo descarado». João Eduardo aceptó con lágrimas en los ojos; era un salario magnÃfico, una posición, una familia, una rehabilitación estruendosa…
—Oh, señorito, ¡nunca olvidaré lo que hace por mÃ!
—¡Es por mi propio placer!… ¡Es para fastidiar a la canalla! ¡Y nos vamos mañana!
En Chão de Maçãs, tan pronto bajó del vagón, le dijo al jefe de estación, que no conocÃa ni a João Eduardo ni su historia: