El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡Quién le iba a decir entonces, cuando metía su traje en el baúl de hojalata, que a las pocas semanas estaría otra vez a media legua de esos curas y de esas autoridades, contemplando con ojos tiernos la ventana de Amélia! Había sido aquel singular señorito de Os Poiais, que no era ni señorito ni de Os Poiais, sino un ricachón excéntrico de las cercanías de Alcobaça que había comprado aquella vieja propiedad de los hidalgos de Os Poiais y que, con la posesión de la tierra, recibía de las gentes de la parroquia el honor del título. Había sido este santo varón quien lo había liberado de los mareos en el paquebote y de los azares de la emigración. Lo había encontrado de casualidad en la oficina donde todavía trabajaba pocos días antes de su partida. El señorito, cliente del viejo Nunes, conocía su historia, la hazaña del «Comunicado», el escándalo del Largo de la Catedral; y hacía mucho tiempo que sentía por él una vehemente simpatía.