El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y esta pasión, que era para él como una vaga justificación de sus desgracias, lo hacía interesante a sus propios ojos. Era «un mártir del amor»; esto lo consolaba, como lo había consolado en sus primeros tropiezos considerarse «una víctima de las persecuciones religiosas». No era un pobre diablo banal a quien el azar, la pereza, la falta de amigos, la suerte y los remiendos de la chaqueta mantienen fatalmente en las privaciones de la dependencia: era un hombre de gran corazón a quien una catástrofe, en parte amorosa y en parte política, un drama doméstico y social, había obligado, tras luchas heroicas, a viajar de una oficina a otra con una bolsa de alpaca llena de expedientes. El destino lo había hecho igual a tantos héroes sobre los que había leído en las novelas sentimentales… Y su gabán raído, sus comidas de cuatro vintems, los días que no tenía dinero para tabaco, todo se lo atribuía al amor fatal de Amélia y a la persecución de una clase poderosa, otorgando así, por una tendencia muy humana, un origen grandioso a sus miserias triviales… Cuando veía pasar a los que él llamaba «felices» —individuos montados en palanquín, jóvenes que paseaban del brazo con una bella mujer, gente bien abrigada dirigiéndose a los teatros— se sentía menos desgraciado pensando que también él poseía un gran lujo interior que era aquel amor desdichado. Y cuando finalmente, por una casualidad, tuvo la seguridad de un empleo en el Brasil y el dinero del pasaje, idealizaba su banal aventura de emigrante, repitiéndose durante todo el día que iba a cruzar los mares, exiliado de su país ¡por una conspiración tiránica entre curas y autoridades y por haber amado a una mujer!