El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En efecto, era João Eduardo, que siempre que pasaba ante A Ricoça, de día o de noche, se detenía un momento a mirar melancólicamente las paredes que ella habitaba. Porque, a pesar de tantas desilusiones, Amélia había continuado siendo para el pobre muchacho ella, la bienamada, la cosa más preciosa de la tierra. Ni en Ourém, ni en Alcobaça, ni en los hospedajes por los que había errado, ni en Lisboa, adonde había llegado como llega a la playa la quilla de un barco naufragado, había dejado un solo momento de tenerla presente en su alma y de enternecerse con su recuerdo. Durante aquellos días tan amargos de Lisboa, los peores de su vida, trabajando como mozo de los recados de una oscura oficina, perdido en aquella ciudad que le parecía tan vasta como una Roma o una Babilonia y en la que sentía el duro egoísmo de las multitudes atareadas, se esforzaba incluso por acrecentar aquel amor que le proporcionaba algo parecido a la dulzura de una compañía. Se sentía menos aislado llevando siempre en su espíritu aquella imagen con la que trababa diálogos imaginarios en sus inacabables paseos a lo largo del Cais do Sodré, culpándola de las tristezas que lo consumían.