El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El muchacho rechoncho se reía:
—¡Pero, prima! —decía—, ¡pero prima!
No, lo que era a él, si lo obligasen a oír misa en una capillita de aldea… ¡hasta creía que perdería la fe! No entendía, por ejemplo, la religión sin música… ¿¡Era posible una celebración religiosa sin una buena voz de contralto!?
—Siempre es más bonito —dijo Amaro.
—Está claro que sí. ¡Es otra cosa! ¡Tiene cachet! ¿Te acuerdas, prima, de aquel tenor?… ¿Cómo se llamaba? ¡Vidalti! ¿Te acuerdas de Vidalti, el Jueves Santo en Os Inglesinhos? ¿El Tantum Ergo?
—Me gustaba más en el Baile de Máscaras —dijo la condesa.
—¡Ni idea, prima, no tengo ni idea!
Mientras tanto, el muchacho rubio se había acercado a estrechar la mano a la señora condesa, hablándole en voz baja, muy risueño; Amaro admiraba la nobleza de su complexión, la dulzura de su mirada azul; reparó en que le había caído un guante y se lo recogió servilmente. Cuando salió, Teresa, después de haberse aproximado despacio a la ventana y tras mirar la calle, fue a sentarse en una causeuse con un abandono que ponía de relieve la magnífica escultura de su cuerpo. Y volviéndose perezosamente hacia el muchacho rechoncho:
—¿Nos vamos, João?
Entonces la condesa le dijo: