El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaro se fijó entonces en ella. Le pareció una reina, o una diosa, con su alta y fuerte complexión. Un magnífico perfil de hombros y senos; los cabellos negros un poco ondulados destacaban sobre la palidez del rostro aquilino, semejante al perfil dominador de María Antonieta; su vestido oscuro, de mangas cortas y escote cuadrado, rompía, junto a los pliegues de la cola, muy larga, totalmente adornada por encajes negros, el tono monótono y albo de la sala; el cuello, los brazos estaban cubiertos por una gasa negra que transparentaba la blancura de la carne; y se percibía en sus formas la firmeza de los mármoles antiguos y el calor de una sangre sana.

Hablaba en voz baja, sonriendo, en una lengua áspera que Amaro no comprendía, cerrando y abriendo su abanico negro… y el muchacho rubio, guapo, la escuchaba retorciéndose la punta de un bigote fino, con un cuadrado de cristal embuchado en el ojo.

—¿Había mucha devoción en su parroquia, señor Amaro? —preguntaba entretanto la condesa.

—Mucha, gente muy buena.

—Es en las aldeas donde se encuentra aún alguna fe, —consideró ella en tono piadoso. Se quejó de la obligación de vivir en la ciudad, en el cautiverio del lujo: ¡le gustaría estar siempre en su quinta de Carcavelos, rezar en la pequeña y vieja capilla, conversar con las buenas almas de la aldea! Y su voz se ponía tierna.


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