El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro También por aquel tiempo el doctor Gouveia había empezado a ir por A Ricoça, porque doña Josefa había empeorado con la llegada de los días más fríos del otoño. Al principio Amélia, a la hora de la visita, se encerraba en su habitación, temblando ante la posibilidad de que su estado fuese descubierto por el viejo doctor Gouveia, el médico de la casa, aquel hombre de severidad legendaria. Pero había tenido que comparecer en la habitación de la vieja para recibir sus instrucciones de enfermera sobre las dietas y las horas de los remedios. Y un día que había acompañado al doctor hasta la puerta se quedó helada al ver que se detenía, se volvía hacia ella acariciándose su gran barba blanca que le caía sobre el chaquetón de terciopelo, y que le decía sonriendo:
—¡Yo ya le había dicho a tu madre que te casara!
Dos lágrimas saltaron de sus ojos.
—Bueno, bueno, pequeña, no te quiero mal por esto. Estás en la verdad. La naturaleza manda concebir, no manda casarse. El matrimonio es una fórmula administrativa…
Amélia lo miraba sin comprenderlo, con dos lágrimas muy redonditas rodándole despacio por las mejillas. Él le acarició el mentón muy paternal.