El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Quiero decir que como naturalista me alegro. Pienso que te has vuelto útil para el orden general de las cosas. Vamos a lo que importa… —Le dio entonces consejos sobre las normas de higiene que debía observar—. Y cuando llegue el momento, si tienes algún problema, mándame llamar.
Iba a irse; Amélia lo detuvo y con una súplica asustada:
—Señor doctor, no diga nada en la ciudad.
El doctor Gouveia se detuvo.
—Pero ¿tú eres tonta?… Está bien, también te lo perdono. Encaja con la lógica de tu temperamento. No, no diré nada, chiquilla. Pero ¿por qué diablos no te casaste entonces con ese pobre João Eduardo? Te haría tan feliz como el otro y no tendrías que llevarlo en secreto… En fin, eso para mí es un detalle secundario… Lo esencial es lo que te he dicho… Mándame llamar… No te fíes demasiado de tus santos… Entiendo yo más de esto que santa Brígida o quien sea. Eres fuerte y darás un buen mocetón al Estado.