El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Además de eso, el buen abad, como le había dicho, «no quería imposibles». Sabía perfectamente que ella no podía arrancar de golpe aquel amor culpable que había echado raíces en las profundidades de su ser. Sólo quería que cuando la asaltase la idea de Amaro se refugiase inmediatamente en la idea de Jesús. Una pobre chiquilla no puede luchar mano a mano contra la fuerza colosal de Satanás, que tiene el poder de un Hércules; sólo puede refugiarse en la oración cuando lo percibe y dejar que se canse de rugir y espumear alrededor de ese fuerte impenetrable. Él mismo, día a día, la iba ayudando en aquella repurificación de su alma con una solicitud de enfermero: él era quien le había indicado, como un regidor en un teatro, la actitud que debía adoptar en la primera visita de Amaro a A Ricoça; él era quien llegaba con alguna palabra sencilla, reconfortante como un tónico, si la veía vacilar en aquella lenta reconquista de la virtud; si la noche había sido agitada por los recuerdos cálidos de los placeres pasados, había durante toda la mañana una buena charla, sin tono pedagógico, en la que le demostraba con sencillez que el cielo le daría alegrías mayores que la habitación sucia del campanero. Había llegado, con sutilezas de teólogo, a demostrarle que en el amor del párroco no había otra cosa que brutalidad y furia animal; que, dulce como era el amor humano, el amor del cura sólo podía ser una explosión momentánea del deseo reprimido; cuando habían empezado a llegar las cartas del párroco, se las había analizado frase a frase, revelándole lo que contenían de hipocresía, de egoísmo, de retórica y de vulgar deseo.