El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Así, poco a poco, iba alejándola del párroco. Pero no la alejaba del amor legitimo, purificado por el sacramento; bien sabía que ella estaba hecha de carne y de deseos y que arrojarla violentamente al misticismo sería apenas desviar durante un momento su instinto natural sin crearle una paz duradera. No intentaba arrancarla bruscamente de la realidad humana; él no quería hacerla monja; sólo deseaba que aquella fuerza amorosa que sentía en ella se pusiese al servicio de la alegría de un esposo y de la útil armonía de una familia y que no se malgastase en concubinatos casuales… En el fondo, el buen Ferrão preferiría sin duda en su alma de sacerdote que la muchacha se separase totalmente de todos los intereses egoístas del amor individual y se entregase, como hermana de la caridad, como enfermera de un asilo, al más amplio amor hacia toda la humanidad. Pero la pobre Améliazita tenía la carne muy hermosa y muy débil; no sería prudente asustarla con tan altos sacrificios; era mujer, y mujer debía ser, limitarle la acción era estropear su utilidad. No le bastaba Cristo con sus miembros ideales clavados en la cruz; necesitaba un hombre corriente, con bigote y chistera. ¡Paciencia! Que tuviese por lo menos un esposo legitimado por el sacramento…