El crimen del padre Amaro

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En efecto, ella ya no pensaba en el señor párroco con la emoción de antaño: el terror al pecado, la influencia penetrante del abad, aquella brusca separación del ambiente devoto en el que su amor se había desarrollado, el gozo que sentía en medio de una serenidad mayor, sin sustos nocturnos y sin la enemistad de Nuestra Señora, todo había concurrido para que el ruidoso fuego de aquel sentimiento fuese reduciéndose a alguna brasa que todavía brillaba sordamente. Al principio el párroco había estado en su alma con el prestigio de un ídolo cubierto de oro; pero desde su gravidez había sacudido tantas veces a aquel ídolo, en las horas del terror religioso o del arrepentimiento histérico, que todo el dorado se le había quedado en las manos, y la forma trivial y oscura que había aparecido debajo ya no la deslumbraba; por eso pudo el abad derribarlo por completo, sin llantos y sin lucha. Si todavía pensaba en Amaro era porque no podía dejar de pensar en la casa del campanero; pero lo que la tentaba era el placer, no el párroco.

Y, con su naturaleza de buena chica, sentía una gratitud sincera hacia el abad. Como le había dicho a Amaro aquella tarde, «se lo debía todo». Lo mismo sentía hacia el doctor Gouveia, que iba a verla regularmente cada dos días. Eran sus buenos amigos, como dos padres que el cielo le enviaba: uno le prometía la salud y el otro la gracia.


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