El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Fue por este tiempo cuando doña Josefa, inquieta por no ver aparecer al párroco, había enviado al casero a Leiría, expresamente para pedirle a Su Señoría la caridad de una visita. El hombre había regresado con la asombrosa noticia de que el señor párroco se había ido para A Vieira y no volvería hasta dentro de dos semanas. La anciana sollozó con el disgusto. Y aquella noche, en su habitación, Amélia no pudo dormirse por la irritación que le causaba aquella idea del señor párroco divirtiéndose en A Vieira, sin pensar en ella, bromeando con las señoras en la playa y yendo de velada en velada…
Con la primera semana de noviembre llegaron las lluvias. A Ricoça parecía más lúgubre durante aquellos días cortos, llenos de agua, bajo un cielo de tempestad. El abad Ferrão, impedido por el reuma, ya no aparecía por la quinta. El doctor Gouveia, después de la media hora de visita, partía en su viejo cabriolé. La única distracción de Amélia era mirar por la ventana: tres veces había visto pasar a João Eduardo por la carretera; pero él, al verla, bajaba los ojos o se refugiaba más bajo el paraguas.