El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro E, igual que el día anterior, bajó parsimoniosamente la larga escalera de piedra.
El primer pensamiento de Amélia fue denunciarlo al vicario general. Después pasó la noche escribiéndole una carta, tres páginas de acusaciones y quejas. Pero por toda respuesta Amaro envió al día siguiente, por Joãozito el de la finca, recado de que «tal vez apareciese por allí el viernes».
Tuvo otra noche de lágrimas, mientras en la Rua das Sousas el padre Amaro se frotaba las manos, regocijado por su excelente estratagema. Y eso que no la había concebido él; se la habían sugerido en A Vieira, adonde había ido para desahogarse con el profesor y para disolver su pena en las brisas de la playa; allí había aprendido la excelente estratagema, en una soirée, escuchando disertar sobre el amor al brillante Pinheiro, licenciado en derecho y gloria de Alcobaça.
—Yo en esto, señoras mías —decía Pinheiro, pasándose la mano por la cabellera de poeta, al semicírculo de damas pendientes de su pico de oro—, yo en esto soy de la opinión de Lamartine. —Era alternativamente de la opinión de Lamartine o de Pelletan—. Digo como Lamartine: «La mujer es como la sombra; si corréis tras ella, huye; si huís de ella, corre detrás de vosotros».