El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Señora…
Y Amélia se quedó petrificada viéndolo bajar muy tranquilo, como si ella le fuese más indiferente que los dos leones de piedra que dormían abajo con el hocico entre las patas.
Se fue a su habitación y se echó de bruces sobre la cama, llorando de rabia y de humillación. ¡El muy infame! ¡Ni una mirada de interés hacia aquel cuerpo deformado por la preñez que él le había causado! ¡Ni una queja irritada por todos los desprecios que ella le había manifestado!… ¡Nada! Se ponía los guantes, con el sombrero ladeado. ¡Qué indigno!
Al día siguiente el cura volvió más temprano. Estuvo mucho tiempo encerrado con la vieja en la habitación.
Amélia, impaciente, rondaba por el salón con los ojos como carbones. Por fin apareció él, como la víspera, poniéndose los guantes con aire de prosperidad.
—¿Ya está? —dijo ella con voz temblorosa.
—Ya, sí señora. He tenido una charlita con doña Josefa.
Se sacó el sombrero, cumplimentando con mucha amplitud:
—Señora…
—¡Infame! —murmuró Amélia, lívida.
Él la miró como sorprendido.
—Señora… —repitió.