El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La vieja parecía desolada. ¡Cómo, volver! ¡Dejarlas allí desmayadas de tristeza!
Él bromeó:
—Ustedes aquí no me necesitan. Están bien acompañadas…
—No sé —dijo la vieja con acidez— si los demás —y acentuó con rencor la palabra—, si los demás no necesitan del señor párroco… Lo que es yo no estoy bien acompañada, estoy aquí perdiendo mi alma… Que las compañías que vienen por aquí no dan honra ni provecho.
Pero Amélia intervino para llevarle la contraria a la vieja:
—Y para colmo de desdichas el señor abad Ferrão ha estado enfermo… Está con reuma. Sin él la casa parece una prisión.
Doña Josefa soltó una risita de escarnio. Y el padre Amaro, levantándose para salir, compadeció al buen abad:
—¡Pobre! Un santo varón… Iré a verlo cuando tenga tiempo. Mañana vengo por aquí, doña Josefa, y ponemos en paz esa alma… No se moleste, señorita Amélia, ya sé el camino.
Pero ella insistió en acompañarlo. Cruzaron el salón sin decir una palabra. Amaro se ponía sus guantes nuevos de piel negra. Y en lo alto de la escalera, con mucha ceremonia, quitándose el sombrero: